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Irán: ¿se ha metido Trump en un callejón sin salida?

Por Marta Vital / Nueva Revolución

La agresión militar lanzada por Estados Unidos en alianza con el régimen de Israel contra Irán está demostrando ser un error estratégico de proporciones colosales para Donald Trump. A pesar de las declaraciones triunfalistas del presidente estadounidense, quien ha proclamado repetidamente victorias inminentes y ha llegado a afirmar que Estados Unidos ha «ganado» la guerra, la realidad sobre el terreno pinta un panorama muy diferente: Irán resiste con tenacidad los ataques continuos y la campaña no ha logrado los objetivos proclamados.


La agresión militar, iniciada el 28 de febrero —que incluyó el asesinato del líder supremo Ali Khamenei y bombardeos masivos contra instalaciones nucleares, militares y de mando—, entra ya en su cuarta semana sin que Washington pueda exhibir resultados tangibles. Trump prometió explícitamente el derrocamiento de la República Islámica y un cambio de poder, pero la realidad es otra. Mojtaba Khamenei asumió como nuevo líder supremo y el gobierno iraní mantiene su cohesión interna, respondiendo con contraataques que han alcanzado objetivos en Israel (como Dimona y Arad) y bases estadounidenses en la región.


La escalada regional se ha vuelto incontrolable. Irán ha intensificado sus represalias, incluyendo ataques con misiles balísticos contra bases estadounidenses y británicas, y ha mantenido una presión efectiva sobre el Estrecho de Ormuz. Aunque Estados Unidos afirma haber degradado parte de las capacidades iraníes en la zona costera, el cierre parcial o intermitente del estrecho —vital para el tránsito de alrededor del 20% del petróleo mundial— ha generado complicaciones graves en el comercio internacional.


Los precios de la energía se han disparado, el tráfico marítimo ha caído drásticamente y se reportan disrupciones en suministros globales que afectan directamente la economía estadounidense y mundial. Trump incluso ha tenido que conceder licencias temporales para que Irán venda crudo y calme los mercados, una medida que contradice su retórica triunfalista. Su ultimátum reciente —amenazando con destruir las plantas eléctricas iraníes si el estrecho no se abre en 48 horas— solo ha provocado respuestas desafiantes de Teherán, que amenaza con cerrar el paso indefinidamente y atacar infraestructuras energéticas en el Golfo.


A nivel interno en Estados Unidos, las fisuras comienzan a ser evidentes. Cada vez más voces dentro del Partido Republicano cuestionan haberse dejado arrastrar por el régimen israelí a esta guerra imperialista que no responde a intereses nacionales claros. El caso más paradigmático es la dimisión de Joe Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo y un fiel aliado de Trump desde hace años. En su carta de renuncia, Kent fue tajante: Irán no representaba ninguna amenaza inminente para la seguridad nacional de EE.UU., y la administración inició esta guerra por presión del lobby israelí y sus aliados en Washington. Esta salida de un alto funcionario de inteligencia designado por el propio Trump expone grietas profundas en el movimiento MAGA y genera dudas sobre la sostenibilidad política de la operación.


Mientras avanzan los días, todo indica que Trump se ha metido en un callejón sin salida. Las promesas de una campaña corta y decisiva se han convertido en un compromiso prolongado que consume recursos militares, eleva los costos económicos y erosiona el apoyo interno. Las señales contradictorias del presidente —hablar de «reducir» operaciones un día y amenazar con escalar al siguiente— reflejan más confusión que control estratégico. El coste político de esta aventura podría ser devastador para Trump: desde el desgaste en su base hasta el riesgo de una crisis energética que afecte directamente a los votantes estadounidenses. Lo que comenzó como una demostración de fuerza se está transformando en un lastre que podría marcar el declive de su segundo mandato.

 
 

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