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Darién, retrato de la crisis migratoria

Por Sergio Escalas / Política Obrera

El área del Darién, situada en la frontera entre Panamá y Colombia, se transformó en los últimos años en uno de los pasos migratorios más complejos y peligrosos del mundo. Tan solo en lo que va de 2024, a través esta concentración de jungla densa e inhóspita pasaron cerca de 120.000 personas en su camino hacia Estados Unidos, de acuerdo con la Oficina de Migración de las Naciones Unidas (ONU). Y se estima además que, solo en 2023, 34 migrantes murieron debido a las inclemencias de la selva.


El presidente electo de Panamá, Raúl Mulino, desde que se lanzó como candidato había prometido cerrar el paso de migrantes por esa región de su país. Mulino (quien fue ministro de Seguridad en el gobierno saliente) reiteró su propósito de impedir que el Darién sea una ruta de tránsito.


Según la Agencia de Migraciones de Naciones Unidas en Panamá, en 2023 cerca de 500.000 personas atravesaron el Darién, una cifra récord. Por más que en su mayoría son migrantes venezolanos, colombianos, ecuatorianos o chinos, hay personas de 70 nacionalidades que cruzan (de a miles y a diario) esta espesa jungla. Muchos de los migrantes van en grupos familiares, con niños y niñas. Precisamente la ONU reportó que el número de menores de edad transitando esta selva había aumentado en 40% respecto del año anterior.


También el llamado "tapón del Darién", que tiene cerca de 500 kilómetros cuadrados de extensión, se ve interrumpida. La ruta Panamericana atraviesa el continente y no hay caminos abiertos para pasar de Colombia a Panamá. Es precisamente la geografía lo que hace que la propuesta de Mulino de cerrar el Darién como paso migratorio sea vista por muchos como impracticable. En ese sentido lo más concreto que se le ha escuchado ha sido la “repatriación” o expulsión de los migrantes, lo cual implica la posibilidad de una deportación masiva que iría en contra del derecho internacional humanitario.


Con una frontera de 266 kilómetros, la promesa de Mulino de “cerrar” la selva sonaba inviable, siendo todo un desafío desalentar a los migrantes, muchos de los cuales pagan a traficantes de personas que operan en ambos lados de la frontera. En el lado colombiano el control criminal lo ejercen las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (como también se conoce al Clan del Golfo), pero en Panamá no hay un grupo hegemónico en la zona selvática, lo que representa una ventana de oportunidad para numerosas organizaciones criminales.


Otra medida de Mulino apuntaría a militarizar la zona, aumentando la presencia de efectivos en los puntos de control y las rutas usadas por los migrantes, política que podría derivar en el uso de nuevas rutas en caso de mayores controles en las usadas actualmente, generándose un incremento de la precariedad en la que se ven envueltos los migrantes al llegar a la frontera y que se convierta en un embudo.


En esa exploración de nuevos caminos para dirigirse hacia el norte, en los últimos años también se registró un incremento de las naves que intentan llegar por mar a Nicaragua, desde la isla colombiana de San Andrés, y así evitar el paso por la selva. No obstante, se trata de viajes de 150 kilómetros hasta Corn Island en medio de la noche, muchas veces con marea alta y escasas medidas de seguridad: una lancha de un motor y olas de hasta dos o tres metros. Aun así, se considera una ruta vip, con un precio de US$ 1.500, y en algunos casos hasta US$ 4.000 para los coyotes. Según la Procuraduría de Colombia, hay pescadores que denuncian que en ciertas oportunidades los traficantes abandonan a los migrantes y les mienten diciendo que ya llegaron a Nicaragua.


En conformidad con la ACNUR, los principales riesgos documentados en el Darién son robos, asaltos, secuestros, enfermedades, ataques de animales salvajes y accidentes en una selva llena de ríos, montañas y lodazales. Según documentó la OIM, se dieron 36 muertes en el Darién en 2022, pero aclara que ese número “es probablemente una pequeña fracción de las muertes que ocurrieron, ya que muchas no son reportadas y los restos de los migrantes no suelen ser recuperados”, provocándose una crisis humanitaria.


Se estima que de cinco a siete días es el tiempo promedio que demora cruzar la selva a pie, dependiendo de la ruta y las condiciones físicas del migrante. En la temporada de lluvias, la caminata suele durar hasta 10 días. La barbarie migratoria del capitalismo se agrava a medida que las guerras, la miseria y el hambre se desparraman como una mancha de aceite en el mundo.

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