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Por qué Estados Unidos va a la guerra

Actualizado: 11 mar

Por Avedis Hadjian / Kalipolis.co.uk

Probablemente no sea inexacto decir que después del fiasco de Vietnam —que concluyó con la retirada de Estados Unidos en 1973 (y la caída de Saigón en 1975)— Estados Unidos nunca, en verdad y de manera convincente, ha vencido en ninguna guerra. No, al menos, en el sentido de victoria inequívoca como las conseguidas en las dos guerras mundiales, en las cuales el adversario capituló y los objetivos declarados de la guerra se consiguieron, con la caída de los regímenes hostiles.


Ninguna de las Guerras del Golfo podría ser tildadas de victoriosas para Estados Unidos, no, al menos, en el sentido clásico de la palabra, si es que éste existe. La primera Guerra del Golfo (agosto de 1990-febrero de 1991) consiguió la expulsión de los invasores iraquíes de Kuwait, pero dejó a Saddam Hussein en el poder por otros 12 años, hasta que el presidente de Estados Unidos, hijo y tocayo del iniciador de la primera guerra —el presidente George H. W. Bush— invadió Irak y depuso a Saddam con el pretexto de frustrar su presunto plan de creación de “armas de exterminio”. Siempre se sospechó que ello era un mero pretexto y los hechos comprobables en el terreno así lo demostraron. Aun así, las fuerzas estadounidenses permanecieron en Irak hasta 2011.


Lo mismo puede decirse acerca de Afganistán después de los ataques terroristas contra Estados Unidos del 11 de septiembre de 2001. Después de decapitar el régimen del Talibán que había hospedado y patrocinado la red Al Qaeda de Osama bin Laden y de permanecer en el país por dos decenios, las fuerzas de Estados Unidos se fueron a las apuradas de Afganistán en 2021, tras lo cual el Talibán volvió a tomar el poder.


Y ahora está Irán. En las palabras del secretario de Estado, Marco Rubio, Estados Unidos entró en guerra a instancias de Israel, cuyo primer ministro Benjamin Netanyahu ha insistido por cuatro décadas que Irán estaba “a apenas semanas” de tener un arma nuclear.


No hay duda que el régimen teocrático de Irán es horrendo, pero el bombardeo israelí-estadounidense del país —incluso contra blancos civiles, de manera accidental o no— no tiene por finalidad el cambio de régimen. ¿Por qué sino el presidente Donald Trump proclamaría su insistencia en “elegir” el próximo líder supremo espiritual? Como en Estados Unidos pero sin su cosmética democrática, en Irán, el Khamenei hijo sucedió a Khamenei padre, el ayatolá aparentemente asesinado en un ataque israelí estadounidense, que ha echado por la borda todo vestigio o pretensión de un orden internacional basado en el estado de derecho. Tanto Israel como Estados Unidos han dejado en claro que la ilegalidad en manos de los poderosos es ahora el procedimiento de rutina. Con ello, también, pierde todo vigor y fuerza la condena universal de la invasión de Ucrania por Rusia, a la vez que explica por qué el dictador ruso Vladimir Putin está callado acerca de los ataques contra su otrora aliado, Irán.


Si bien quizás sea cierto que pocos en la actual Casa Blanca sepan de historia, es menos probable que diplomáticos profesionales, funcionarios, oficiales, y expertos que apuntalan el gobierno de Estados Unidos ignoren las lecciones de Vietnam y las últimas guerras “eternas”. Probablemente sepan—y sabían desde el comienzo— que había pocas oportunidades de “ganar” en Irán. Esto es independientemente de cómo se promueva la guerra posteriormente, con ceremonias y desfiles, y carteles de “Misión Cumplida” en un portaaviones.


¿Por qué, entonces, Estados Unidos va a la guerra? Probablemente la respuesta sea que la guerra es un objetivo en sí mismo. Ello, y la economía. El complejo de defensa está tan arraigado en el tejido del país que la propia economía exige el conflicto para poner a trabajar sus activos industriales y tecnológicos y facturar productos y servicios de alto precio (un eufemismo): la guerra contra Irak cuesta, según versiones periodísticas, 1.000 millones de dólares al día, pero esos dólares —o la mayoría, en todo caso— probablemente vuelvan a recircular en la economía estadounidense.


Está también, por supuesto, la condición de superpotencia de Estados Unidos. Ninguna superpotencia es digna de su nombre sin el ejército más poderoso del mundo. Esos ejércitos, además de necesitar las guerras para probar su valía. Ejércitos grandes necesitan guerras grandes.


Todo esto ya lo dijo un presidente republicano de Estados Unidos en su discurso de despedida en 1961. El general Dwight Eisenhower, quien sirvió a su país —y al mundo— principalmente como militar y ayudando a liberar Europa del nazismo, advirtió acerca de aquello que, seis decenios después, se ha convertido en realidad:


"Hasta el último de nuestros conflictos mundiales, Estados Unidos no tenía una industria de armamentos. Los fabricantes de arados podían, con tiempo y según fuera necesario, hacer también espadas. Pero ahora ya no podemos arriesgarnos a improvisar la defensa nacional en situaciones de emergencia; nos hemos visto obligados a crear una industria permanente de armamentos de grandes proporciones. Sumado a esto, tres millones y medio de hombres y mujeres están directamente empleados en el aparato de defensa. Por año gastamos en seguridad militar más que el ingreso neto de todas las corporaciones de Estados Unidos.


La conjunción de un aparato militar inmenso y una industria armamentística grande es nueva en la experiencia estadounidense. La influencia total —económica, política, incluso espiritual— se siente en cada ciudad, cada legislatura estatal, cada oficina del gobierno federal. Aun así, no debemos dejar de comprender sus graves implicancias. Nuestra labor, recursos, y nuestro sustento, están implicados en ello; también lo está la propia estructura de nuestra sociedad.


En los órganos de gobierno, debemos precavernos de la adquisición de una influencia indebida, sea ésta deseada o no, por parte del complejo militar-industrial. El potencial del ascenso desastroso de un poder mal atribuido existe y persistirá."


No hay aquí una teoría de conspiración. El complejo militar-industrial está tan arraigado en la economía estadounidense que nadie siquiera puede advertir que son engranajes de una maquinaria de guerrra.


En cuanto a Israel, ha promovido durante largo tiempo la fragmentación de países hostiles en el vecindario, o el de aquellos que considera una amenaza. Es decir, la división de los países del Oriente Medio en unidades pequeñas y homogéneas que no puedan representar una amenaza para Israel o Estados Unidos. Como ha escrito el historiador Nicholas Doumanis, en 1982, Oded Yinon, un ex funcionario de alto rango del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel, promovía la idea abiertamente, manifestándose a favor de la “fragmentación o disolución” de Estados árabes. Ese manual, que se puede decir ha funcionado para ventaja de Israel en Libia, Siria, Líbano, e Irak, ahora se emplea en Irán. Es posible que los ayatolás sigan en el poder, pero no es coincidencia que Israel (y sus aliados estadounidenses) estén presionando por la intervención de los kurdos y que Netanyahu exhorte a “baluches y azeríes” a oponerse al régimen. Netanyahu no lamentaría la potencial —y hasta la fecha improbable— fragmentación de Irán, sin importar las repercusiones catastróficas que tal probabilidad podría tener en la región.


Que miles de civiles, entre ellos cientos de niños según informes iraníes, estén muriendo es un asunto que Estados Unidos e Israel están investigando.



El artículo original fue publicado en Kallipolis: Why America Goes to War

 
 

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