top of page

Putin obtiene el 87% de los votos en elecciones sin oposición real

Por Renzo Fabb / Izquierda Web

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, obtuvo el 87% de los votos para su quinta reelección al frente del gobierno ruso, en las primeras elecciones presidenciales signadas por la guerra en Ucrania. En un nuevo escalón de farsa electoral organizada por el Kremlin, el porcentaje es ampliamente superior incluso respecto a las anteriores victorias de Putin, superando el 76% de 2018 y «apenas» un 63% en el año 2012.


En lo que constituye de hecho un régimen de facto, desde la consolidación de Putin en el poder que las elecciones en Rusia son una escenificación apenas disimulada, que incluye un sistema de voto electrónico sin ninguna garantía de transparencia y, más importante y obvio, una clara persecución a todo opositor político.


El ridículo porcentaje obtenido por el actual mandatario no puede entenderse sin considerar las ausencias de cualquier líder opositor real, así como la inviabilidad de los supuestos «opositores» que sí compitieron en los comicios previa autorización del Kremlin.


La principal ausencia en cuestión es la del que era el principal líder de la oposición a Putin, Alexéi Navalny, que fue asesinado en circunstancias poco claras el pasado 16 de febrero. Navalny vino a engrosar una ya larga lista de opositores a Putin encarcelados, exiliados, asesinados o muertos en dudosas circunstancias. El propio Navalny ya había sobrevivido a un intento de envenenamiento en el año 2020.


En relación a los «competidores» de Putin en la elección, una rápida mirada revela que la elección de Putin es una simple escenificación. La estrategia es permitir solamente a candidatos que de por sí son impopulares, fracasaron anteriormente o sin directamente desconocidos. Cuando no se trata de candidaturas satélite del propio Kremlin.


Por el Partido Comunista el candidato fue Nikolái Jaritónov (4,3%), quien ni siquiera es la figura más conocida de dicho partido, y que ya tuvo una muy pobre performance en las presidenciales de las lejanas elecciones de 2004, en las que ganó Putin. Por el Partido Liberal-Demócrata de Rusia el candidato fue Leonid Slutski (3,2%), quien es una figura impopular incluso entre los votantes de dicho partido. El tercer y último candidato «opositor» fue Vladislav Davankov (3,8%), por el partido Nueva Gente, una formación armada por el propio Kremlin en 2019.


Pero la persecución a los distintos líderes opositores -algunos financiados y apoyados por las potencias occidentales, en particular Estados Unidos, pero obviamente no todos- es sólo la cara más visible de un régimen de facto que reprime cualquier manifestación de oposición al gobierno por parte de los trabajadores y la población rusa. Más de 75 personas resultaron detenidas el domingo por realizar distintas manifestaciones anti-Putin durante los comicios, o incluso por simplemente anular su voto o por intentar poner una boleta con el nombre de Navalny.


Putin se encargó de prácticamente prohibir el derecho a la protesta, reprimiendo ferozmente cualquier movilización o reunión de corte opositor. Cuando el Kremlin invadió Ucrania en febrero de 2022, multitudinarias movilizaciones contra la guerra en Moscú y las ciudades más importantes se desarrollaron de forma inédita, pero fueron rápidamente aplastadas por la represión policial, con cientos de detenidos. Algunos de ellos continúan en prisión.


Las de este año fueron las primeras elecciones presidenciales en Rusia desde que este país invadió Ucrania en febrero de 2022, desatando una guerra que ya lleva más de dos años sin ningún signo claro de resolución.


Es cierto que la guerra fue repudiada y despertó gran rechazo en las grandes ciudades (de tradición cultural cosmopolita) como Moscú o San Petersburgo, pero en el vasto interior ruso revivió la larguísima tradición de patriotismo y sacrificio en un país marcado por las guerras.


Es en esas ciudades y pueblos del interior profundo de donde se nutre la inmensa mayoría de los «voluntarios» que son reclutados y van a parar a la lucha en el frente. No sólo por razones ideológicas sino, sobre todo económicas. El gobierno garantiza un salario tres o cuatro veces superior al promedio a una generación de jóvenes que no ven mucha otra alternativa para su progreso económico y personal. Además, si resultan muertos o heridos en la guerra, saben que su familia tendrá una importante retribución económica como compensación. Esta combinación, entre la vieja tradición nacionalista del interior y la oportunidad económica, no sólo ha garantizado una continua llegada de nuevos reclutas para ir al combate, sino una importante fuente de apoyo político a Putin.


Es que, incluso ante el carácter evidentemente fraudulento de las elecciones, eso no quita que Putin cuente con cierto apoyo real de una parte de la población, sobre todo del interior.


Por supuesto que es absurdo tomar como cierto que lo apoya el 87% de los rusos. Pero sí es verdad que su base social de sustentación se encuentra mucho más en la profunda y lejana Rusia (donde la «vida normal» poco o nada se alteró producto de la guerra, excepto por los jóvenes que son reclutados) que en las grandes ciudades, más cosmopolitas y culturalmente avanzadas.


La realidad es radicalmente distinta en los pueblos y ciudades más próximos a los más de 800 kilómetros de frontera con Ucrania, que muchos de ellos se han convertido en verdaderos pueblos fantasma luego de que la mayoría de su población huyó de los bombardeos y ataques de drones ucranianos.

Comments


bottom of page